San Clemente, un lugar para quedarse

Paz natural, frondosa vegetación y varios cursos de agua hacen de esta localidad del valle de Paravachasca un pasaporte a la tranquilidad. No es un lugar de paso hacia ningún lado, su ruta no está colmada, no hay bocinazos ni frenadas, sólo el murmullo de sus cursos de agua

Hay tres opciones para llegar desde Córdoba a San Clemente, la más rápida: salir por autopista a Carlos Paz, tomar por Falda del Cañete, recorrer una parte del camino a las Altas Cumbres, detenerse en el instagrameable mirador Cura Brochero, seguir hasta el desvío a Bosque Alegre y desviar en la rotonda de Los Cinco Valles hacia San Clemente. El recorrido más largo (unos 90 kilómetros) es por Alta Gracia y luego a la derecha en Villa Ciudad de América, pasar Potrero de Garay acompañados con la vista del lago Los Molinos hasta la escultura del Gaucho Urbano de Antonio Seguí y, nuevamente a la derecha, un impecable recorrido entre grandes bosques de pinos.

La tercera alternativa, no apta para apurados, es la más trabada pero ofrece atractivos imperdibles por los que merece evaluarse como opción. Hay que llegar hasta Falda del Carmen, por la autopista a Carlos Paz o por el desvío, camino a Alta Gracia. Antes de iniciar el tortuoso recorrido del camino a Bosque Alegre, una parada obligada en El Almacén de Quito, y probar los mejores sándwiches de la Provincia, según dicen. Con la panza llena de jamón crudo y queso apretados en pan enmantecado sin corteza, hay que recorrer la ruta de montaña lenta, con curvas y contracurvas, subidas y bajadas, pero con unas panorámicas que cortan el aliento. Lo mejor: ver el amanecer en este camino. Lo peor: Quito a esa hora, todavía está cerrado.


Un pueblo tranquilo

San Clemente no es un lugar de paso hacia ningún lado, su ruta no está colmada, no hay bocinazos ni frenadas, sólo el murmullo de sus cursos de agua. Los arroyos Las Tazanas y Las Granadillas y los ríos San Pedro, San José y Suela en sus alrededores garantizan lugares para el chapuzón y la mateada tranquila. Para los más inquietos, hay senderos a orillas de los cauces y descubrir ollas y cascadas, o perderse en bici o a caballo entre los pinares.

Para los profesionales de la aventura también se encuentran largos circuitos de variada intensidad y dificultad en donde hacer trekking y ciclismo de montaña.

La pesca de truchas es otro de los anzuelos que tiene la localidad para atraer visitantes, muchos fanáticos del pique consideran al río San José como uno de los mejores de Córdoba para la práctica de esta actividad.

Pero no todo es naturaleza en este pequeño pueblo, por eso vale la pena conocer la capilla Nuestra Señora de la Merced, de 1947, construida totalmente en piedra.

Para quedarse, La Ernestina

A unos nueve kilómetros de San Clemente, en dirección a Potrero de Garay, se encuentra el ingreso al camino que lleva a la Estancia La Ernestina. Son cinco kilómetros entre plantaciones forestales que llevan al lugar ideal para hacer base y recorrer la zona o, simplemente, guardar las llaves del auto y disfrutar de un oasis con bosques, ríos y senderos.

En 1980, el ingeniero forestal Ernesto Neher compró los primeros lotes plantados con pinos, para proveer de materia prima a su aserradero. El emprendimiento prosperó de tal manera que hoy la estancia tiene 1.500 hectáreas y todo lo que se corta se reforesta, manteniendo así, la producción maderera y la fisonomía del paisaje serrano poblado de árboles.

Hace unos años, Ernesto comenzó con la construcción de las cabañas con piedras y madera del lugar: “Un poco presionado por familiares y amigos para poder disfrutar del lugar”, relata. Hoy, el complejo cuenta con ocho alojamientos, con comodidades para dos o 14 personas. Cada uno tiene diseño propio y lleva el nombre del árbol plantado a su alrededor. Así, cedros, molles, araucarias, algarrobos y otras especies se suman a los interminables bosques de pinos para aportar sombra y privacidad.

Buena Yunta es el restaurante de la estancia a cargo del chef Iván Salinardo. Abierto para huéspedes y visitantes, combina la estética gourmet, con el sabor y la abundancia de la comida casera. Imperdible: el almuerzo de seis pasos, una experiencia culinaria única que fusiona sabores regionales con recetas exquisitas y presentaciones para las fotos.

El campo está atravesado por los arroyos El Zapallal y Los Tabaquillos, ambos tributan sus aguas al río San Pedro que desemboca en el lago Los Molinos. “Acá no hay piletas, pero qué mejor para refrescarse, después de una caminata por la estancia, que las ollas y cascadas de estos ríos”, comenta Juan Mazur, gerente del complejo.

Hay tres opciones para llegar desde Córdoba a San Clemente, la más rápida: salir por autopista a Carlos Paz, tomar por Falda del Cañete, recorrer una parte del camino a las Altas Cumbres, detenerse en el instagrameable mirador Cura Brochero, seguir hasta el desvío a Bosque Alegre y desviar en la rotonda de Los Cinco Valles hacia San Clemente. El recorrido más largo (unos 90 kilómetros) es por Alta Gracia y luego a la derecha en Villa Ciudad de América, pasar Potrero de Garay acompañados con la vista del lago Los Molinos hasta la escultura del Gaucho Urbano de Antonio Seguí y, nuevamente a la derecha, un impecable recorrido entre grandes bosques de pinos.

La tercera alternativa, no apta para apurados, es la más trabada pero ofrece atractivos imperdibles por los que merece evaluarse como opción. Hay que llegar hasta Falda del Carmen, por la autopista a Carlos Paz o por el desvío, camino a Alta Gracia. Antes de iniciar el tortuoso recorrido del camino a Bosque Alegre, una parada obligada en El Almacén de Quito, y probar los mejores sándwiches de la Provincia, según dicen. Con la panza llena de jamón crudo y queso apretados en pan enmantecado sin corteza, hay que recorrer la ruta de montaña lenta, con curvas y contracurvas, subidas y bajadas, pero con unas panorámicas que cortan el aliento. Lo mejor: ver el amanecer en este camino. Lo peor: Quito a esa hora, todavía está cerrado.

Un pueblo tranquilo

San Clemente no es un lugar de paso hacia ningún lado, su ruta no está colmada, no hay bocinazos ni frenadas, sólo el murmullo de sus cursos de agua. Los arroyos Las Tazanas y Las Granadillas y los ríos San Pedro, San José y Suela en sus alrededores garantizan lugares para el chapuzón y la mateada tranquila. Para los más inquietos, hay senderos a orillas de los cauces y descubrir ollas y cascadas, o perderse en bici o a caballo entre los pinares.

Para los profesionales de la aventura también se encuentran largos circuitos de variada intensidad y dificultad en donde hacer trekking y ciclismo de montaña.

La pesca de truchas es otro de los anzuelos que tiene la localidad para atraer visitantes, muchos fanáticos del pique consideran al río San José como uno de los mejores de Córdoba para la práctica de esta actividad.

Pero no todo es naturaleza en este pequeño pueblo, por eso vale la pena conocer la capilla Nuestra Señora de la Merced, de 1947, construida totalmente en piedra.

Para quedarse, La Ernestina

A unos nueve kilómetros de San Clemente, en dirección a Potrero de Garay, se encuentra el ingreso al camino que lleva a la Estancia La Ernestina. Son cinco kilómetros entre plantaciones forestales que llevan al lugar ideal para hacer base y recorrer la zona o, simplemente, guardar las llaves del auto y disfrutar de un oasis con bosques, ríos y senderos.

En 1980, el ingeniero forestal Ernesto Neher compró los primeros lotes plantados con pinos, para proveer de materia prima a su aserradero. El emprendimiento prosperó de tal manera que hoy la estancia tiene 1.500 hectáreas y todo lo que se corta se reforesta, manteniendo así, la producción maderera y la fisonomía del paisaje serrano poblado de árboles.

Hace unos años, Ernesto comenzó con la construcción de las cabañas con piedras y madera del lugar: “Un poco presionado por familiares y amigos para poder disfrutar del lugar”, relata. Hoy, el complejo cuenta con ocho alojamientos, con comodidades para dos o 14 personas. Cada uno tiene diseño propio y lleva el nombre del árbol plantado a su alrededor. Así, cedros, molles, araucarias, algarrobos y otras especies se suman a los interminables bosques de pinos para aportar sombra y privacidad.

Buena Yunta es el restaurante de la estancia a cargo del chef Iván Salinardo. Abierto para huéspedes y visitantes, combina la estética gourmet, con el sabor y la abundancia de la comida casera. Imperdible: el almuerzo de seis pasos, una experiencia culinaria única que fusiona sabores regionales con recetas exquisitas y presentaciones para las fotos.

El campo está atravesado por los arroyos El Zapallal y Los Tabaquillos, ambos tributan sus aguas al río San Pedro que desemboca en el lago Los Molinos. “Acá no hay piletas, pero qué mejor para refrescarse, después de una caminata por la estancia, que las ollas y cascadas de estos ríos”, comenta Juan Mazur, gerente del complejo.

Los senderos del lugar se pueden recorrer caminando, en bici o a caballo, “nada de cuatriciclos ni motos”, advierte Ernesto. Además, con prestadores habilitados de la zona, los visitantes pueden realizar stretching, yoga, avistaje de aves y rapel.

Fuente: Voy de viaje

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