"La chica del pan rico" y una historia que devuelve la fe en la gente
En los pasillos de la Universidad Nacional de Río Cuarto hay una presencia que muchos esperan cada día: un carrito cargado de aromas caseros, panes recién horneados, pastelitos, tortafritas y ensaladas de fruta. Detrás de ese emprendimiento con alma está Natalia Vanesa Moreno, vecina de Las Higueras, panadera, modista, mamá de tres hijos y, desde hace algunos meses, parte del paisaje cotidiano de la Universidad.
Pero esta semana, una anécdota inesperada transformó su historia en algo mucho más grande. Una profesora, apurada entre exámenes y clases, le compró un pan para el almuerzo y, al hacer la transferencia, cometió un error: en lugar de abonar unos pocos pesos, transfirió por equivocación una cifra elevada.
La docente recién advirtió el error más tarde, cuando el dinero ya no estaba en su cuenta. Sin manera de contactar a Natalia, comenzó una cadena de llamados y favores hasta dar con su número. Al día siguiente, la panadera la esperaba para devolverle cada peso.
“Queda gente que vale un montón”, escribió luego la profesora en sus redes, conmovida por el gesto. “No nos conocíamos, y ahora sí. Fue un súper gesto, dejándome tranquila con ese modo calmo que tanto nos falta en estos días. Por muchas Natalias en el camino, además de sus ricos panes.”
La vida de Natalia está marcada por el trabajo. Llegó a Las Higueras hace una década. Empezó vendiendo panes y ensaladas de fruta en el Área Material para ayudar con el egreso de su hijo, y su clientela la animó a seguir. Su marido le regaló una amasadora cuando el trabajo se volvió demasiado pesado a mano. “Preparo todo a la noche, empiezo a las 20 y a veces termino a las 2. A las 5:30 ya estoy horneando y armando el carrito”, cuenta.
Desde junio, lleva sus productos a la Universidad, sin importar el clima. “Aunque llueva, salgo igual. Me pongo el pilotín y allá voy con mis tortafritas, que se venden más cuando llueve”, dice. Su oferta incluye pan con chicharrón, pan con salame, pastelitos, tortafritas, pebetes, ensaladas de fruta y panes integrales con semillas, uno de los más pedidos.
El recorrido no siempre es fácil. “A veces hay paros y me quedo con toda la producción. Pero siempre hay alguien que te da una mano. En cerámica, por ejemplo, mis compañeras me han comprado y salvo el día.”
Cuando vio la transferencia millonaria, Natalia se asustó. “Pensé que eran muchos números, no sabía de quién era. Mi marido me dijo que me tranquilizara, que seguro me iban a ubicar”, recuerda. Y así fue. Al día siguiente se encontraron con la docente, comprobaron los datos y el dinero volvió a su dueña.
“Dios cruzó nuestras historias para una buena acción”, reflexiona Natalia. “A veces vivimos acelerados, y estas cosas pasan. Pero hay que estar atentos, porque con un número mal puesto podés perderlo todo.”
Su historia —una mezcla de sacrificio, pasión por lo que hace y una honestidad que conmueve— se volvió viral en la comunidad universitaria. Y mientras sigue preparando su carrito cada madrugada, Natalia sonríe sabiendo que, además de alimentar cuerpos con su pan, alimentó también la fe en que todavía hay personas buenas, nobles y valiosas.
Porque sí: quedan personas que valen un montón. Y Natalia es, sin dudas, una de ellas.